Colaboraciones Opinion

El Domingo de Ramos de Jean-Luc Mélenchon

El día en que los católicos de todo el mundo celebran el Domingo de Ramos, Jean-Luc Mélenchon, rama de olivo en mano, protagonizó una ceremonia cívica cargada de simbolismo ante varias decenas de miles de personas en el puerto viejo de Marsella. Con el Mediterráneo de fondo, el candidato de La France Insoumise guardó con los presentes un minuto de silencio memorable en recuerdo de las 30.000 personas desaparecidas en sus aguas: “escuchen el grito mudo y frío que corre por el mar violeta, es el silencio de la muerte”. El viejo puerto enmudeció. “Cada día, dos niños se ahogan en el mar” continuó mientras pedía a los asistentes un pensamiento para todos esos padres que aguardan en vano noticias de sus hijos. Como si de una misa laica se tratara, en otro momento los asistentes se tomaron de la mano en señal de paz, mientras discurría un discurso cargado de referencias a la herencia cultural mestiza de la sociedad francesa. Comunión de ceremonia republicana: Mélenchon espera resucitar en Pascua.

Jean-Luc Mélenchon está viviendo un efecto Carmena. Su campaña de redes, pensada de abajo hacia arriba, está siendo un éxito y provocando un auténtico desborde ciudadano. La inteligencia colectiva y la innovación en redes (por ejemplo, a través de la creación de un juego online llamado “Fiscal Kombat” en el que Mélenchon como protagonista persigue el fraude fiscal) está multiplicando la repercusión y alcance de su campaña al tiempo que transforma el tipo de apelación que realiza al pueblo francés. Esta conjunción de creatividad y desborde ciudadano le lleva a ser el candidato más popular en redes (274.000 seguidores en su canal de youtube y más de un millón en Twitter) y a rozar la barrera del 20% de intención de voto según los últimos sondeos. Supera incluso a François Fillon y avista ya de cerca la cabeza de carrera compuesta por un Emmanuel Macron que se estanca y una Marine Le Pen declinante. El candidato de La France Insoumise ha ganado 6 puntos respecto al mes de marzo y experimenta un ascenso súbito que no tiene precedentes en la historia reciente de la política francesa.

Según el último sondeo elaborado por el diario Libération, el 51% de los entrevistados declara que Jean-Luc Mélenchon les ha parecido convincente en las dos últimas semanas, lo que significa un aumento de 30 puntos con respecto al mes de marzo. Al mismo tiempo, un 42% afirma que sería un buen presidente de la República (o sea, un 21% más que en el mes pasado). Por eso algunos medios de comunicación hablan ya de “La Primavera Mélenchon o describen este fenómeno utilizando una palabra en castellano: “remontada”.

Sin embargo Mélenchon parte rezagado. Muestra de ello es que el 11 de marzo, en el programa On n’est pas couché el presentador, Laurent Ruquier, se preguntaba “¿por qué Jean-Luc Mélenchon no despega del 11-12% de intención de voto desde hace 5 años?”, a lo que el candidato de La France Insoumise, allí presente, respondía: “no está tan mal, ¿no?”. “Mi programa y mi visión del mundo toman tiempo para ser aceptados”, añadía inmediatamente. Versión francesa del “vamos despacio porque vamos lejos”. La idea de Mélenchon no era en aquel momento primariamente ganar sino agrupar a las fuerzas de la izquierda para resistir. Muestra de ello es lo que ocurrió en París en junio del año pasado. En aquella ocasión, en la plaza de Stalingrado, Mélenchon se presentaba como candidato oficial de La France Insoumise para las elecciones presidenciales. Entonces, cuando subía al estrado, el público comenzó a corear animoso: “¡Mélenchon presidente!”. Pero esto no gustó al recién elegido candidato que reprendió a los asistentes diciendo: “no gritéis mi nombre, gritad: ¡resistencia!”. Juntarse, fortalecerse, aglutinar, resistir: esa era la consigna. Robustecerse para aguantar lo que se les venía encima: unos comicios que presumiblemente enfrentarían a la derecha con la extrema derecha. No era el tiempo de la ofensiva, sino el momento de recoger y guardar la ropa.

¿Qué ha cambiado?

Tanto la puesta en escena de los actos organizados por La France Insoumise como el contenido de los discursos de Jean-Luc Mélenchon se ha transformado notablemente. El mítin del pasado domingo en Marsella es una buena muestra de que La France Insoumise ha variado su estrategia respecto de los meses precedentes y ha pasado a la ofensiva. ¿En qué se traduce este cambio de estrategia? Veamos algunas de las modificaciones más interesantes que ha operado la campaña de Jean-Luc Mélenchon.

Disputa por los símbolos agregadores de la comunidad

En los mítines de La France Insoumise ya no se canta La Internacional, no se ven banderas rojas ni se observa ningún símbolo identitario de la izquierda. Tampoco se perciben banderas de ningún partido u organización: ni del Parti de Gauche, ni de La France Insoumise, ni de los grupos ecologistas, ni del Partido Comunista Francés. Bien es verdad que este último ha puesto algunas objeciones a este cambio de estrategia, pero Mélenchon ha sido claro desde su canal de youtube: “a mí también me gustan las banderas rojas, pero esto ha de ser una demostración de fuerza ciudadana”.

Las banderas rojas y las siglas de los partidos han sido sustituidas por la bandera nacional francesa. La tricolor, antes rara avis, es hoy omnipresente en los mítines de La France Insoumise. Esta utilización de la bandera nacional por parte de “la izquierda de la izquierda” ha dejado perplejos a los periodistas que siguen al candidato Jean-Luc Mélenchon. Su partido ha modificado los códigos comunicativos habituales dentro de ese espectro político y ya no apela sólo a la izquierda sino al conjunto de los franceses: “he hecho la apuesta de no dirigirme a electorados pre-establecidos, sino a todo el mundo, o sea al conjunto del pueblo francés”, declaró Mélenchon un día antes del mitin de Marsella en el programa ONPC. Y ante la sorpresa de su interlocutor, se justificó: “yo soy una persona de izquierdas, pero no les pido estar de acuerdo con la izquierda, sino con lo que estamos proponiendo”.

En las redes militantes de La France Insoumise ha tenido mucho impacto la publicación en francés del libro de Chantal Mouffe e Iñigo Errejón “Construir pueblo” que se presentó hace pocas semanas en París. El enfoque de este libro se ha puesto de moda e introducido con fuerza no sólo entre el entorno militante, sino también entre politólogos e investigadores como Gaël Brustier o Christophe Ventura. La influencia de Ernesto Laclau es perceptible en el impulso nacional-popular que ha tomado la campaña de Mélenchon. Desde ahí se pueden entender los esfuerzos recientes de La France Insoumise por adoptar un discurso patriótico en clave republicana y por disputar algunos de los significantes principales en torno a los cuales se aglutina la comunidad política francesa: República, nación, soberanía, Ilustración, igualdad, mestizaje, fraternidad. No es sólo disputar, es también reformular, como ocurre con la reivindicación de una nación mestiza que proteja a sus ciudadanos. Esta apelación transversal a la ciudadanía francesa culminó el domingo pasado con el canto en común de la Marsellesa en el puerto viejo de la ciudad homónima.

Confrontación directa con Marine Le Pen

Otro cambio en la estrategia de Jean-Luc Mélenchon es la elección de confrontar directa y casi exclusivamente con Marine Le Pen. Durante el mítin de Marsella sólo se refirió explícitamente a ella como “la mujer que quiere condenar a nuestro pueblo multicolor a odiarse a sí mismo”, aquella que “quiere hundir de nuevo a Francia en las guerras de religión”. “Os pido”, continuó, “un castigo electoral para todos aquellos que nos han querido dividir”. Al resto de candidatos ni los mencionó. Mélenchon polariza con la extrema derecha porque desea proponerse como la alternativa más sólida al Frente Nacional, tratando así de recuperar una parte del voto socialista que, temeroso de una segunda vuelta entre Fillon y Le Pen, dudaba en ofrecer su voto al candidato Emmanuel Macron. Teniendo en cuenta que un 26% de los simpatizantes socialistas está dispuesto a votar por Jean-Luc Mélenchon, el sorpasso es hoy probable en el escenario político francés.

A Benoît Hamon lo trata con cariño presentándolo como “víctima de la tortura china de las defecciones continuas” por parte de “gente repugnante”; una persona “con mucho coraje” a la que “no quiere abrumar” ni sobre la que “quiere ejercer una presión suplementaria”. No obstante, abre la puerta a un posible entendimiento: “si Hamon retirara su candidatura sería una gran noticia, y yo no diría que no, evidentemente. Pero no quiero ejercer sobre él una presión que yo mismo no sabría soportar”. Jean-Luc Mélenchon sabe que tiene un gran caladero de votos entre el electorado socialista y que en este momento el voto útil funciona a su favor. Por eso trata de imitar lo que llevó a François Hollande a la presidencia: la rebelión contra la finanza.

De Emmanuel Macron y François Fillon ni rastro en el mitin. Sólo una mención al “extremo mercado, suerte de magia negra que transforma el sufrimiento, la miseria y el abandono en oro y en dinero”, y contra el cual “estamos nosotros: el pueblo central de Francia”. Mélenchon quiere situarse en la corriente central de Francia que pide más Estado, más soberanía y más protección, pero no instalándose en la corriente del cambio que protagoniza el nacionalismo naturalista y profundamente germánico en su raíz que enarbola Marine Le Pen, sino en una reivindicación de la patria intensamente francesa en su origen cosmopolita.

Imagen más amable

Si algo se le ha reprochado en estos últimos años a Jean-Luc Mélenchon era su carácter sulfuroso y las broncas frecuentes con periodistas, políticos e incluso trabajadores y colectivos en lucha a los que iba a visitar. En el mes de enero pasado circuló un vídeo en el que alguien grababa cómo el candidato de La France Insoumise se encaraba con un trabajador ferroviario durante una protesta de este colectivo. Otras veces aparecía enfadándose con manifestantes que solicitaban insistentemente hacerse fotos con él. A Mélenchon, se decía, le pierde el carácter. Se requería caminar con pies de plomo al frecuentarle. Incluso él mismo lo reconocía cuando durante la presentación de su candidatura a las elecciones de 2017 en la plaza de Stalingrado, reclamaba a los asistentes: “no os pido que os caséis conmigo, ni que soportéis mi carácter, sino que apoyéis este proyecto”.

Pero he aquí que en el primer debate televisado entre los cinco principales candidatos, Mélenchon apareció lúcido, sereno, pedagógico en sus exposiciones, pero al mismo tiempo incisivo y socarrón en sus comentarios, lo que provocó en varias ocasiones la carcajada del público y el desconcierto entre sus adversarios. Quizás esperaban un Mélenchon fuera de sí y se encontraron al “profesor tranquilo que explica convincentemente su punto de vista”, como señala la periodista Vanessa Burggraf, poco sospechosa de simpatizar con el candidato. Tanto es así que todas las encuestas que siguieron al debate le dieron como ganador. Ni Macron, ni Fillon, ni Hamon le hicieron sombra. Tampoco Marine Le Pen, apagada en las últimas semanas. Y lo mismo ocurrió con el segundo debate (esta vez entre los 11 candidatos al Elíseo): Mélenchon venció y convenció.

El candidato de La France Insoumise aprovecha esta ola de entusiasmo a favor para marcar la agenda política. Ante la preocupación creciente en la sociedad francesa por un conflicto bélico entre las grandes potencias, Jean-Luc Mélenchon ha propuesto la celebración de una “conferencia internacional de seguridad desde el Atlántico hasta los Urales” para discutir de las fronteras nacionales en Europa y el Mediterráneo. Reclamándose “mitterrand-gaullista”, Mélenchon reivindica el rol moderado y apaciguador de Francia en el contexto internacional como potencia independiente y central. “Hace falta proteger a los franceses para que no haya guerras (ni grandes ni pequeñas) en el viejo continente”, señaló en el programa ONPC. Lejos del carácter tempestuoso, el candidato cultiva un perfil amable y tranquilizador: “soy menos impetuoso, tengo 65 años y estoy rodeado de gente joven en mi campaña. Ellos han contribuido a calmarme”. Esta imagen presidenciable está catapultando a Mélenchon más allá de su electorado tradicional y es la herida de la que sangra el Partido Socialista francés.

Horizontalidad digital y desborde

Por último, otra modificación sustancial de la campaña electoral de Jean-Luc Mélenchon es que ya no funciona de arriba hacia abajo, sino de la base a la cúspide. Se ha abierto a la participación espontánea de la ciudadanía y a la inteligencia colectiva, siempre sorprendente y siempre desbordante de las estructuras y hábitos de las maquinarias de los partidos. En tales momentos de entusiasmo popular la influencia apparatchik remite y el gran oso de la burocracia del partido entra en estado de hibernación. A tal punto que Mélenchon reconoce que ya no controla su propia campaña: “estoy aprendiendo del desborde ciudadano, surgen cosas de las que no tenemos ni la menor idea”, explica el candidato en el documental de Gérard Miller.

“Ellos tienen millones, nosotros somos millones”, ese es el principio que inspira la movilización en internet y en redes sociales que promueve La France Insoumise, como explica Sophia Chirikou, directora de comunicación del partido. El objetivo es llegar a un público joven, harto, pero desinteresado de la política. Desde este punto de vista se entiende la emisión en youtube de programas como Pas vu à la télé o la creación reciente del Mélenphone, teléfono con el que voluntarios de toda Francia dedican su tiempo a llamar a las zonas de Francia con mayor tasa de abstención. La última genialidad de la campaña es organizar un mítin en 7 ciudades simultáneamente a través de un holograma: Dijon, Nancy, Clermont-Ferrand, Montpellier, Le Port, Nantes y Grenoble, todas de medio tamaño. Así consigue llegar a ciudades a las que de otro modo le costaría ir en campaña. Pueden imaginarse el desconcierto de sus rivales que le consideran un hombre del pasado.

Jean-Luc Mélenchon recuerda a Bernie Sanders y al Podemos palpitante de la remontada: cunde la sensación de que, a partir de ahora, todo es posible. Sus rivales empiezan a sentir la amenaza y señal de ello es que Marine Le Pen ha empezado esta semana a criticarle en público, temerosa de que pesque tanto en su electorado más popular como entre el 40% de votantes dubitativos. Con ese nivel de indecisión y una alta volatilidad de la intención de voto declarada, el resultado en Francia es impredecible. Lo que está claro es que en Marsella asistimos a la entrada triunfante  de Jean-Luc Mélenchon (rama de olivo en mano) en domingo sagrado. Ahora algunos le piden dar un paso más: que camine sobre las aguas.

Publicación original de cuartopoder.es: http://linkis.com/www.cuartopoder.es/t/xmgeK